Once de la mañana. Junto con nosotros un grupo de personas: no más de 15. La mayoría jóvenes. Pese a nuestro afán, llegamos tarde y tuvimos que apreciar la primera parte del recital a través de la pantalla de un viejo televisor colgado de una de las paredes contiguas a la puerta de ingreso de la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango.
Terminada la primera obra, nos permitieron al acceso.

Había imaginado el lugar medio vacío, anacrónico por la abundancia de cabezas pintadas de blanco y las manos arrugadas, recogidas, una sobre la otra. No fue así. Por el contrario, el auditorio, con el ingreso de los que llegamos tarde, se llenó. Mientras reiniciaba el espectáculo musical, estuve examinando a los demás asistentes. Fue grato ver tanta gente joven, un domingo, a las once de la mañana, asistiendo a un concierto de música de cámara.
La interpretación de la inglesa Natalie Clein fue magistral. La Sonata en Re mayor para violonchelo y piano de Beethoven, descolló casi con tristeza del instrumento que Natalie abrazaba con brazos y piernas. Con ella, Katya Apekisheva, una mujer rusa, igual o más joven, dándole vida al piano, completó con sus manos el concierto. También pasaron por nuestros oídos Polonesa Brillante en do mayor (Op. 3) y la Sonata en Sol menor para violonchelo y piano (Op.65), ambas de Chopin.
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Con la última nota y la venía de la artista, el público estalló en aplausos al punto de convencerla

de retomar su instrumento. Con generosidad y luego algunas palabras en inglés que muchos no entendieron, ofreció tres pequeños apartes de igual número de obras, más hermosas y tristes que las primeras.
Me quedé entonces con una musiquita de cuerdas dando vueltas en la cabeza, con unos ojos azules rebotando con impaciencia contra mis recuerdos, con un sabor dulce en la boca y el espíritu recargado de arte y lujuria de pieles blancas, voces foráneas y un bullicio de momentos que me hace creer que no todo está perdido.
Jueves.
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Seis y media de la tarde. Tres novísimos escritores esperando el momento de exponerse desnudos, con sus letras, ante el público. Un público reticente, esquivo, minoritario, que a diferencia de la sesión anterior, acudía a la Librería Café a cuenta gotas.
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A última hora y por esos motivos a los que se les suele colgar el remoquete de "fuerza mayor", Juan David Correa (periodista, escritor y actual editor de la revista Arcadia) canceló su participación. Todo estaba previsto para una noche triste, pero no fue así.
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Misteriosamente, la Librería Café había colmado su capacidad en cuestión de minutos. De la nada, luego de que Laura Valbuena y Sergio Gama leyeran y justo antes de que el Violador de musas culminara su intervención, como si lo hubiese sacado de su sombrero negro, Pablo —amigo y cómplice en las letras— llegó acompañado de Juan Claudio Lechín, un escritor boliviano muy alejado de la imagen prejuiciosa que acostumbran tener los colombianos sobre las gentes foráneas.
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Lechín, con esa sonrisa que suelen tener las niños antes de probar un bombón, sacó de su maleta un libro, su libro, y atravesó la sala esquivando piernas hasta llegar a la mesa principal. Tras el saludo de rigor, hizo una breve introducción a su lectura con un acento indefinible lleno de cordialidad con el que habló sobre la trama de su novela y la forma como el protagonista, un viejo seductor venido a menos, recurría a historias ajenas para cautivar a una jovencita.
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No había expectativa, sólo prejuicios. Nadie lo conocía, hasta que leyó un aparte de La gula del picaflor. Entonces vi los rostros de todos transfigurarse en un tumulto de expresiones de sorpresa. Esas caras no se me borrarán tan fácil, ni las palabras de Lechín y sus construcciones gramaticales recargadas de estética al mejor estilo de los novelistas del siglo XIX, pero utilizada con genialidad para narrar una historia de amor en medio de una playa peruana, en la que tiene decidida participación un colombiano buena onda con aspecto de hippie surfista.
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Todo terminó con un estruendoso aplauso y la intención de conocer mas detenidamente la obra de ese hombre alto, de pelo blanco; un boliviano con pinta de gringo viejo, de catedrático universitario, de buena vida y buena persona.
Epílogo
Lo que parecía una mañana tranquila se vistió de música y belleza. Lo mejor: la gente estuvo ahí para precenciarlo. (Reconocí entre el público a Alberto Duque López).
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Lo que parecía una velada intimista, de los amigos leyéndose entre sí, terminó en toda una lección de buenas maneras para escribir, pero sobre todo, una lección de humildad y un valdado de agua fría para los presumidos y los prejuiciosos. El sitio se llenó, pero extrañamos al mejor amigo de Pablo, el infaltable Jack.
